Las lavanderas de Cáceres: una historia escrita en el agua
En este post te contamos los datos más curiosos de las lavanderas de Cáceres y su
importante papel en la vida de la ciudad. Conoce los lugares donde se reunían para
lavar, cómo surgió este oficio tan extendido, cuáles eran sus rutinas y la dureza de un
trabajo a la intemperie en pleno invierno cacereño. No te pierdas la vida de estas
mujeres todoterreno que atendían todos los aspectos de la casa, a sus hijos y
también se dejaban las rodillas y la espalda en las fuentes cacereñas.
Cómo surge el trabajo de las lavanderas
Como en todas las épocas, las necesidades de las distintas clases sociales cambian.
En Cáceres, a mediados del siglo XIX empieza a haber un crecimiento de la clase media
y surge un éxodo rural de los pueblos a las ciudades, que propicia el trabajo de las
lavanderas.
¿Por qué? El agua corriente no era algo habitual dentro de las viviendas, sino que las
fuentes de la ciudad eran las que abastecían el agua para el consumo familiar. La
mencionada clase media, comenzó a contratar a mujeres para que lavaran las
prendas textiles de sus hogares: sábanas, ropa interior, paños, etc. El cometido de
este grupo, las lavanderas, era lavar semanalmente las prendas. Trabajaban duro y sin
descanso y, si gracias al boca a boca, conseguían más trabajo a sus espaldas, mejor
que mejor para llevar más dinero a casa.
De este modo, las mujeres aportaban dinero a la economía familiar. Este cometido era
de vital importancia, ya que las familias que vivían con un único sueldo, el del
cabeza de familia, solían tener dificultades severas para salir adelante. La
incorporación de la mujer al mercado laboral hacía que la solvencia de las clases más
humildes aumentara.
En qué fuentes se reunían para lavar
El uso de las fuentes públicas y privadas de la ciudad no era gratuito, se pagaba una
tasa para poder ejercer el oficio en determinados lugares. Este dinero era destinado a
los ayuntamientos para que se encargasen del mantenimiento de las pilas y para pagar
el sueldo al guarda que cuidaba del lugar.
¿Cómo se organizaban las lavanderas de Cáceres? La rutina de estas mujeres era
casi siempre la misma, ya que habitualmente recogían las prendas los lunes y
lavaban a lo largo de la semana, para entregar todo limpio y seco a finales de
semana. Cobraban de dos formas: por prenda o con un precio preestablecido. Daba
igual si era invierno, verano o primavera, las prendas tenían que lavarse, secarse y
entregar a la familia cuando se debía.
Los lavaderos más concurridos eran el de Fuente Fría, Fuente Hinche, la Ribera del
Marco, San Marquino o el de Fuente Concejo. Aunque no eran los únicos, ya que el
de Fuente Rocha o el de la Madrila también eran populares. Estos lugares, apacibles en
épocas cálidas, hacían que el oficio fuera realmente duro en las temporadas de
invierno. El frío calaba hasta los huesos de las trabajadoras, que tenían que
reinventarse para no congelarse.
Por ello, algunos de los métodos más utilizados para combatir las bajas temperaturas
eran el café, el aguardiente o brasas de carbón en el agua para atemperarla. Algunas
de estas mujeres tuvieron fama de “bebedoras”, porque el aguardiente corría a
raudales durante las épocas más desapacibles.
El pelele y las lavanderas
La festividad de las lavanderas de Cáceres se celebra en febrero, ya que este mes era
uno de los más duros para el oficio. La tradición cuenta que, a principios de mes, se
colocaba un pelele en los lavaderos que las acompañaba en la jornada. Este,
recibía piropos o insultos dependiendo de las temperaturas y las complejidades
atmosféricas. Era una manera de entretenerse mientras padecían las vicisitudes del
clima, al igual que los cánticos populares.
Durante todos los días, un bote acompañaba al pelele. Las familias que contrataban
los servicios de las lavanderas y también los comerciantes aportaban lo que
podían a esta caja de donativos para la fiesta que vendría posteriormente.
A finales de febrero, se quemaba el pelele y se celebraba un convite para despedir una
de las épocas más adversas del año. Este día, los dulces, el aguardiente, el café y el
cabrito no faltaban en la ciudad. Era una forma de poner en valor el arduo trabajo de
estas mujeres.
Hoy, se sigue celebrando a modo de recuerdo, la quema del pelele. De esta forma, se
honra el trabajo de aquellas mujeres que no descansaron para sacar a su familia
adelante

